martes, 9 de diciembre de 2008

Wendy, Michael y John eran tres hermanos que
vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus
hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus
hermanos las aventuras de Peter.

Cuando ya se encontraban cerca
del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:
- Es el barco del Capitán Garfio.
Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se
tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un
tic-tac!

Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo
tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que
debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La
pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su
cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.
Wendy cuidaba de todos aquellos
niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan.
Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían
tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada
y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John.
Para que Peter no
pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello
con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía
hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para
verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.
Cuando Peter Pan se
despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había
hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas
cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan
diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran
en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños,
Campanilla se salvó.
Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de
los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos
atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron
una voz:
- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves
conmigo!

El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su
capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las
risas de Peter Pan y de los demás niños.
Ya era hora de volver al hogar.
Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de
Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban
volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.
- ¡Quédate con nosotros!
-pidieron los niños.
- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os
hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni
vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos.
- ¡Prometido!
-gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo
adiós.
FIN

Campanilla

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